Mi último trabajo: el ayudante.


 Hace mucho no escribo nada por acá, pero no es por falta de ganas, sino por falta de tiempo.

Trabajé poco más de un año en un restaurante pequeño; decidí dejarlo debido a que ya no tenía tiempo suficiente para mis proyectos filosóficos, al final del día, no puedo desaprovechar mi tiempo sólo sobreviviendo a las altas esferas monótonas de un trabajo sin futuro para mí. Sin embargo, más allá de poder entender que quiero llevar mi vida de otra manera, es imposible señalar que mi último trabajo ha sido un reto complejo: ayudar a la gente.

Cuando llegué a ese trabajo me prometí no intervenir en los aspectos espirituales, mentales y sociales de las personas que trabajaban allí, no por soberbia o desinterés sino porque tenía entendido que en cualquier momento me iba a ir de ese lugar, entonces, intervenir en sucesos sería como desestabilizar un nicho ecológico. En otras palabras: no quería participar en el cambio de la forma en que las creencias, motivaciones, referencias y acciones de mis compañeros de trabajo fueran distintas a las que ya tenían. ¿Quién soy yo para decirle a alguien que está mal? Por más que yo sea alguien metido en libros y películas, mis compañeros de trabajo mantienen aspectos del "México profundo" que no son difíciles de sortear a la hora de una convivencia directa. Octavio Paz decía que el mexicano mantiene un trauma con su pasado histórico, reivindica acciones traumáticas con el fin de apaciguar sus reflexiones sobre sí mismo, el mexicano es un adolecente que busca la atención, el mexicano recrimina a los otros mexicanos que no poseen el trauma, el mexicano se siente humillado y trata de humillar para no sentirse mal consigo mismo, en pocas palabras, el mexicano tiene un malestar que busca sanar como un adolecente: distrayéndose en lugar de buscar una catarsis, pues es doloroso sanar. Al minuto 5 de estar allí entendí eso, algunos me veían con recelo, otros preferían ignorarme y otros tantos mantenían una convivencia pasiva.

Muchas veces me pregunté si ellos reflexionaban sobre su situación emocional, pero le temen al desnudo de su alma; y eso, en realidad, no es problema puesto que todas las personas de una u otra manera revelan su naturaleza: mis compañeros de trabajo no saben que yo sé leer los labios. Mi intuición suele estar dos pasos por encima de mis razonamientos, es bastante molesto intuir las situaciones futuras porque muchas veces no sé actuar cuando observo esas situaciones. Además, ¿Qué hacer cuando alguien en tu cara te dice que eres muy bueno y cuando te alejas, entre susurros y movimientos labiales, le dice a los otros que le caes mal? Esa clase de cinismo a la que no estoy acostumbrado lo sortee de la siguiente manera: confrontación de cinismos y confrontación sincera. La primera, era ser irónico, mantener una posición en donde la mayor parte del tiempo me la pasaba riéndome de las situaciones tan particularmente mexicanas que acontecen en un trabajo informal; la segunda, recordarles sus habaldurías, sus promesas, sus supuestas emociones. Cabe resaltar que no les gustaba ni un poquito ninguna de las dos formas de confrontación, ellos preferían los golpes antes de preguntarse ¿Por qué hago esto? ¿Por qué soy así? Más allá de eso, tengo que admitir que jamás se cruzó por la cabeza que rompería mis sagrados votos de no intervención.

Hay dos casos que, particularmente, debo señalar en este momento: Yael y Brenda (las 14 personas que trabajan allí merecen cada una su reflexión sobre nuestra relación dentro y fuera del trabajo). Yael es un niño de 15 años, a palabras de él se siente algo solitario, mantiene una seguridad falsa sobre su persona, pretende tratar de mostrar siempre una cara madura, pero es traicionado por su volatilidad en situaciones cotidianas. Yael, en terminos generales, dentro del trabajo hace su mayor esfuerzo, quiere ser siempre el más rápido, cuestión aplaudible y admirable, pero tiene un problema que todas las personas tienen alguna vez en su vida: no sabe qué hacer. Sus figuras de autoridad no terminan por machar en sus pensamientos, el resentimiento que tiene sobre su familia no permite dejarlo ver más allá de sus propias motivaciones; y algo todavía peor, que comparte con Brenda, es el temor a su libertad. No entiendo muy bien por qué se acercó a mí en primer momento, la realidad es que platicamos mucho sobre como se sentía y que cosas provocaban su inseguridad, el niño decía que sus hermanos, su padres y el futuro incierto en el que estaba. Nuestras pláticas se veían empañadas por un contexto bastante desagradable, pero siempre intenté mantener la compostura, el niño recriminaba mi sinceridad, pero en ese momento no podía simplemente ignorar sus comentarios: Oscar Wilde decía: "la mayoría de la gente es otra gente, sus pensamientos son la opinión de alguien más, sus vidas una imitación y sus pasiones una cita", y es que, todo lo que me decía Yael eran comentarios que ya había dicho su hermano y otra gente más al referirse a mí como una persona insegura, aunque sólo una vez me lo dijeran personalmente. El niño era victima de su falta de personalidad, cuestión bastante normal ya que en la adolecencia apenas creas tu personalidad, me decía todo lo que pensaban aquellas personas que lo rodeaban. La última vez que hable con él, me recrimino que el libro que hago en este momento ya lo había leído en otro autor, el niño no lee ni las instrucciones del shampoo ¿Quién de todos ellos lo dijo? No lo sé, pero intenté ayudar al niño, hice lo correcto porque si sigue así lo único que terminara pasando es que pasará toda su vida recriminando a los demás por sus malas decisiones. Siempre intenté hacerlo ver que es su vida y tiene que ser responsable con él. Espero pueda salir de esa soledad, le regalé un libro, espero algún día pueda entenderlo y sea feliz, haciendo lo que su corazón le diga. Todo esto para explicar una sola cosa: mi interveción fue porque no pude soportar ver a un niño confundido por la vida.

Por otro lado, el caso de Brenda es toda una novela, así que lo dejaré para otro momento, no sin antes marcar mi primer acercamiento con esta señorita como prólogo de toda la historia que se viene. Brenda es una señorita de 20 años, para ese momento no sabía todo lo que la había rodeado en su niñez y adolecencia. Sin emabrgo, ella era bastante grosera conmigo, no le gustaba mi forma de ser, le parecía demasido laxa y sin chiste, algo tonto, entre otras cosas más. Un día, me pidió un favor: que le ayudara a estudiar en su examen de lógica; para ese momento no pensaba mucho en ella, no le hablaba porque se me hacía una persona plástica, víctima de una sociedad alienada, una persona más perdida entre las masas. Acepté ayudarle explicandole las tablas de verdad, las reglas de inferencia, algo que un tipo como yo maneja debido a mi carrera en Filosofía. Me agradeció, pero hubo algo interesante que me permitió ver las claves de su rara máscara: me preguntó si la guía que le mandé era algo que yo escribí. Le dije que sí, la lógica suele espantar a la gente, incluso a los mismo filósofos, debido a los términos que se utilizan, por eso me esforcé en escribirle las reglas de manera simple. Las siguientes dos semanas hablamos un poco más sobre lógica durante el trabajo, me sorprendió ver lo rápido que entendió los principios aristotélicos. Este fue el punto de inflección entre mis votos sagrados de no intervención y actuar con más soltura: no le puedo negar a alguien que necesita conocimiento. Pero esa sensación de sorpresa se desvaneció rápido, siguió con una conducta prepotente y con ganas de molestarme.

Supongo que la vida es dura cuando nunca haz podido sanar, cuando el dolor es tanto que prefieres seguir en el laberinto de la soledad, pero bueno. Si algo puedo destacar son dos cosas: mi capacidad de ayudar a todos mis compañeros cuando lo necesitaron y que jamás les pedí algo a cambio. Lo cual es chistoso porque, como escribiré luego, a ellos nunca los habían tratado bien sin algo a cambio; en parte me da lástima, pero no siempre es bueno sentir eso con gente que pasó por momentos difíciles ¿Cómo recriminar su constante agresividad si es como han conseguido, mucho o poco, salir adelante?



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